MarÃa
MarÃa Asà revelaba, sin poder evitarlo, el más insoportable dolor que me habÃa atormentado desde la noche en que supe la propuesta de los señores de M… Nada habÃan llegado a ser para mà delante de aquella propuesta los fatales pronósticos del doctor sobre la enfermedad de MarÃa; nada la necesidad de separarme de ella por muchos años.
—¿Cómo has podido imaginar tal cosa? —me preguntó sorprendida mi madre—. Apenas habrá visto ella dos veces a tu amigo: justamente una en que estuvo aquà algunas horas, y otra en que fuimos a visitar a su familia.
—Pero, madre mÃa, poco es el tiempo que falta para que se justifique o se desvanezca lo que he pensado. Me parece que bien vale la pena de esperar.
—Eres muy injusto, y te arrepentirás de haberlo sido. MarÃa, por dignidad y por deber, sabiéndose dominar mejor que tú, oculta lo mucho que tu conducta la está haciendo sufrir. Me cuesta trabajo creer lo que veo; me asombra oÃr lo que acabas de decir. ¡Yo, que creà darte una grande alegrÃa y remediarlo todo haciéndote saber lo que Mayn nos dijo ayer al despedirse!
—Diga usted, dÃgalo —le supliqué incorporándome.
—¿Para qué ya?
—¿Ella no será siempre… no será siempre mi hermana?