MarÃa
MarÃa —AquÃ, tÃa —contestó Braulio—; y ayudado por su novia, se puso a desfruncir la mochila, diciéndole a la muchacha algo que no alcancé a oÃr. Ella me miró de una manera particular, y sacó de la sala un banquito para que me sentase en el empedrado, desde el cual dominaba yo la escena.
Extendida en el patio la grande y aterciopelada piel, las mujeres intentaron exhalar un grito; mas al rodar la cabeza sobre la grama, no pudieron contenerse.
—¿Pero cómo lo mataron? ¡Cuenten! —decÃa la señora Luisa—: todos están como tristes.
—Cuéntennos— añadió LucÃa.
Entonces José, tomando la cabeza del tigre entre las dos manos, dijo:
—El tigre iba a matar a Braulio cuando el señor (señalándome) le dio este balazo.
Mostró el foramen que en la frente tenÃa la cabeza. Todos se volvieron a mirarme, y en cada una de esas miradas habÃa recompensa de sobra para una acción que la mereciera.
José siguió refiriendo con pormenores la historia de la expedición, mientras hacÃa remedios a los perros heridos, lamentando la pérdida de los otros tres.
Braulio estacaba la piel ayudado por Tiburcio.