MarÃa
MarÃa —Tarde piensas asÃ. ¿O es que puede un hombre ser caballero y hacer lo que tú haces? No, no; eso no debe hacerlo un hijo mÃo… ¡Tu hermana! ¡Y te olvidas de que lo estás diciendo a quien te conoce más que tú mismo! ¡Tu hermana! ¡Y sé que te ama desde que os dormÃa a ambos sobre mis rodillas! ¿Y es ahora cuando lo crees?, ahora que venÃa a hablarte de eso, asustada por el sufrimiento que la pobrecita trata inútilmente de ocultarme.
—Yo no quiero, ni por un instante, darle motivo a usted para un disgusto como el que me deja conocer. DÃgame qué debo hacer para remediar lo que ha encontrado usted reprobable en mi conducta.
—Asà debe ser. ¿No deseas que la quiera tanto como a ti?
—SÃ, señora; y asà es, ¿no es verdad?
—Asà serÃa, aunque me hubiera olvidado de que no tiene otra madre que yo, de las recomendaciones de Salomón y la confianza de que él me creyó digna; porque ella lo merece y te ama tanto. El doctor asegura que el mal de MarÃa no es el que sufrió Sara.
—¡El lo ha dicho!
—SÃ, tu padre, tranquilizado ya por esa parte, ha querido que yo te lo haga saber.
—¿Podré, pues, volver a ser con ella como antes? —pregunté enajenado.
—Casi…