MarÃa
MarÃa —¡Oh! Ella me disculpará; ¿no lo cree usted? ¿El doctor ha dicho que no hay ya ninguna clase de peligro? —agregué—; es necesario que lo sepa Carlos.
Mi madre me miró con extrañeza antes de responderme:
—¿Y por qué se le habÃa de ocultar? Réstame decirte lo que creo debes hacer, puesto que los señores de M… han de venir mañana, según lo anuncian. Dile esta tarde a MarÃa… Pero, ¿qué puedes decirle que baste a justificar tu despego, sin faltar a las órdenes de tu padre? Y aunque pudieras hablarle de lo que él te exigió, no podrÃas disculparte, pues que para hacer lo que has hecho en estos dÃas hay una causa que por orgullo y delicadeza no debes descubrir. He ahà el resultado. Es forzoso que yo manifieste a MarÃa el motivo real de tu tristeza.
—Pero si usted lo hace, si he sido ligero en creer lo que he creÃdo, ¿qué pensará ella de mÃ?
—Pensará menos mal que considerándote capaz de una veleidad e inconsecuencia más odiosa que todo.
—Tiene usted razón hasta cierto punto; pero yo le suplico no diga a MarÃa nada de lo que acabamos de hablar. He incurrido en un error, que tal vez me ha hecho sufrir más a mà que a ella, y debo remediarlo; le prometo a usted que lo remediaré: le exijo solamente dos dÃas para hacerlo como se debe.