MarÃa
MarÃa —Bien —me dijo levantándose para irse—; ¿sales hoy?
—SÃ, señora.
—¿A dónde vas?
—Voy a pagar a Emigdio su visita de bienvenida; y es imprescindible, porque ayer le mandé a decir con el mayordomo de su padre que me esperara hoy a almorzar.
—Mas volverás temprano.
—A las cuatro o las cinco.
—Vente a comer aquÃ.
—SÃ. ¿Está usted otra vez satisfecha de mÃ?
—Cómo no —respondió sonriendo—. Hasta la tarde, pues: darás finos recuerdos a las señoras, de parte mÃa y de las muchachas.