MarÃa
MarÃa —Pues vamos andando. Tú, Braulio, no te incomodes en acompañarme más, vuélvete.
—Si es que yo querÃa…
—No; ya ves que Tránsito está toda asustada hoy. Di allá mil cosas en mi nombre.
—Y esta guambÃa que llevaba… Ah —continuó— tómala tú, Juan Angel. ¿No irás a romper la escopeta del patrón por ahÃ? Mira que le debo la vida a ése —dijo—. Será lo mejor—observó al recibÃrsela yo.
Di un apretón de manos al valiente cazador, y nos separamos. Distante ya de nosotros, gritó:
—Lo que va en la guambÃa es la muestra de mineral que le encargó su papá a mi tÃo.
Y convencido de que se le habÃa oÃdo se internó en el bosque.
Detúveme a dos tiros de fusil de la casa a orillas del torrente que descendÃa ruidoso hasta esconderse en el huerto.
Al continuar bajando busqué a Juan Angel: habÃa desaparecido, y supuse que, temeroso de mi enojo por su cobardÃa, habrÃa resuelto solicitar amparo mejor que el ofrecido por Braulio con tan inaceptables condiciones.