María
María Ya estaba yo listo para partir cuando Emma entró a mi cuarto. Extrañó verme con semblante risueño.
—¿A dónde vas tan contento? —me preguntó.
—Ojalá no tuviera que ir a ninguna parte. A ver a Emigdio, que se queja de mi inconstancia en todos los tonos, siempre que me encuentro con él.
—¡Qué injusto! —exclamó riendo—. ¿Inconstante tú?
—¿De qué te ríes?
—Pues de la injusticia de tu amigo. ¡Pobre!
—No, no; tú te ríes de otra cosa.
—De eso es —dijo tomando de mi mesa de baño una peinilla y acercándoseme—. Deja que te peine yo, porque sabrá usted, señor constante, que una de las hermanas de su amigo es una linda muchacha. Lástima —continuó, haciendo el peinado ayudada de sus graciosas manos— que el señorito Efraín se haya puesto un poquito pálido en estos días, porque las bugueñas no imaginan belleza varonil sin frescos colores en las mejillas. Pero si la hermana de Emigdio estuviese al corriente de…
—Tú estás muy parlera hoy.
—¿Sí?, y tú muy alegre. Mírate al espejo y dime si no has quedado muy bien.
—¡Qué visita! —exclamé oyendo la voz de María que llamaba a mi hermana.