MarÃa
MarÃa ¡Carlos en casa! pensé: éste es el momento de prueba de que habló mi padre. Carlos habrá pasado un dÃa de enamorado, en ocasión propicia para admirar a su pretendida. ¡Que no pueda yo hacerle ver a él cuánto la amo! ¡No poder decirle a ella que seré su esposo!… Este es un tormento peor de lo que yo me habÃa imaginado.
Mi madre, notándome tal vez preocupado, me dijo:
—Como que has vuelto triste.
—No, no, señora; cansado.
—¿La cacerÃa ha sido buena?
—Muy feliz.
—¿Podré decir a tu padre que le tienes ya la piel de oso que te encargó?
—No ésa, sino una hermosÃsima de tigre.
—¿De tigre?
—SÃ, señora, del que hacÃa daños por aquÃ.
—Pero eso habrá sido horrible.
—Los compañeros eran muy valientes y diestros.
Ella habÃa puesto ya a mi alcance todo lo que yo podÃa necesitar para el baño y cambio de vestidos; y a tiempo que entornaba la puerta después de haber salido, le advertà que no dijera todavÃa que yo habÃa regresado.