MarÃa
MarÃa —Es una cosa admirable: indudablemente vale las treinta libras.
Volviéndose en seguida hacia mÃ, agregó:
—Este es el reloj que encargué a Londres; mÃralo.
—Es mucho mejor que el que usted usa —observé examinándolo.
—Pero el que uso es muy exacto, y el tuyo muy pequeño: debes regalarlo a una de las muchachas y tomar para ti éste.
Sin dejarme tiempo para darle las gracias añadió:
—¿Vas a casa de Emigdio? Di a su padre que puedo preparar el potrero de guinea para que hagamos la ceba en compañÃa; pero que su ganado debe estar listo, precisamente, el quince del entrante.
Volvà en seguida a mi cuarto a tomar mis pistolas. MarÃa, desde el jardÃn y al pie de mi ventana, entregaba a Emma un manojo de montenegros, mejoranas y claveles; pero el más hermoso de éstos, por su tamaño y lozanÃa, lo tenÃa ella en los labios.
—Buenos dÃas, MarÃa —le dije apresurándome a recibirle las flores.