MarÃa
MarÃa —¿En dónde? —preguntó don Jerónimo derramando parte del café que tomaba, y poniéndose en pie con más presteza que era de esperarse le permitiera su esférico abdomen.
Carlos y mi padre dejaron también sus asientos.
Emma y MarÃa se acercaron una a otra.
—¡En la guambÃa! —repuso el interpelado.
A todos les volvió el alma al cuerpo.
Mi padre sacudió con precaución el saco, y viendo rodar la cabeza sobre las baldosas, dio un paso atrás; don Jerónimo, otro; y apoyando las manos en las rodillas, prorrumpió:
—¡Monstruoso!
Carlos, adelantándose a examinar de cerca la cabeza:
—¡Horrible!
Felipe, que llegaba llamado por el ruido, se puso en pie sobre un taburete. EloÃsa se asió de un brazo de mi padre. Juan, medio llorando, trató de subÃrsele sobre las rodillas a MarÃa; y ésta, tan pálida como Emma, miró con angustia hacia las colinas, esperando verme bajar.
—¿Quién lo mató? —preguntó Carlos a Juan Angel, el cual se habÃa serenado ya.
—La escopeta del amito.