MarÃa
MarÃa Ella, palideciendo instantáneamente, correspondió cortada al saludo, y el clavel se le desprendió de la boca. Entregóme las flores, dejando caer algunas a los pies, las cuales recogió y puso a mi alcance cuando sus mejillas estaban nuevamente sonrosadas.
—¿Quieres —le dije al recibir las últimas— cambiarme todas éstas por el clavel que tenÃas en los labios?
—Lo he pisado —respondió bajando la cabeza para buscarlo.
—Asà pisado, te daré todas éstas por él.
PermanecÃa en la misma actitud sin responderme.
—¿Permites que vaya yo a recogerlo?
Se inclinó entonces para tomarlo y me lo entregó sin mirarme.
Entre tanto Emma fingÃa completa distracción colocando las flores nuevas.
Estrechéle a MarÃa la mano con que me entregaba el clavel deseado, diciéndole:
—¡Gracias, gracias! Hasta la tarde.
Alzó los ojos para verme con la más arrobadora expresión que pueden producir, al combinarse en la mirada de una mujer, la ternura y el pudor, la reconvención y las lágrimas.