MarÃa
MarÃa —¿Conque la escopeta del amito sola? —recalcó don Jerónimo riendo y ocupando de nuevo su asiento.
—No, mi amo, sino que ñor Braulio dijo ahora en la loma que le debÃa la vida a ella…
—¿Dónde está pues EfraÃn? —preguntó intranquilo mi padre, mirando a MarÃa.
—Se quedó en la quebrada.
En ese momento regresaba mi madre al comedor. Olvidando que acababa de verme, exclamó:
—¡Ay mi hijo!
—Viene ya —le observó mi padre.
—SÃ, sÃ; ya sé —respondió ella—; pero, ¿cómo habrán muerto este animal?
—Aquà fue el balazo —dijo Carlos inclinándose a señalar el foramen de la frente.
—Pero, ¿es posible? —preguntó don Jerónimo a mi padre, acercando el bracerillo para encender un cigarro—; ¿es de creerse que usted permita esto a EfraÃn?
Sonrió mi padre al contestarle con algo de propia satisfacción:
—Le encargué ahora dÃas una piel de oso para los pies de mi catre, y seguramente habrá preferido traerme una de tigre.