MarÃa
MarÃa Mayo, que habrÃa estado despachando algunos bocados sabrosos en la cocina, pasó entonces por el comedor. Paróse en vista de la cabeza; erizado el cogote y espinazo, dio un cauto rodeo para acercarse al fin a olfatearla. Recorrió la casa a galope, y volviendo al comedor, se puso a aullar: no me encontraba, y acaso le avisaba su instinto que yo habÃa corrido peligros.
A mi padre le impresionaron los aullidos; era hombre que creÃa en cierta clase de pronósticos y agüeros, preocupaciones de su raza de las cuales no habÃa podido prescindir por completo.
—Mayo, Mayo, ¿qué hay? —dijo acariciando al perro, y con mal disimulada impaciencia—: este niño que no llega…
A ese tiempo entraba yo al salón en un traje en que a la verdad no me hubieran reconocido sino muy de cerca Tránsito y LucÃa.
MarÃa estaba allÃ. Apenas hubo tiempo para que cambiásemos un saludo y una sonrisa. Juan, que estaba sentado en el regazo de MarÃa, me dijo en su mala lengua al pasar, señalándome la puerta del comedor:
—Ahà está el coco.
Y yo entré al comedor sonriendo, porque me figuraba que el niño hacÃa alusión a don Jerónimo.