MarÃa
MarÃa Di un estrecho abrazo a Carlos, que se adelantó a recibirme; y por aquel momento olvidé casi del todo lo que en los últimos dÃas habÃa sufrido por culpa suya.
El señor de M… . estrechó cordialmente en sus manos las mÃas, diciendo:
—¡Vaya, vaya! ¿cómo no hemos de estar viejos si todos estos muchachos se han vuelto hombres?
Seguimos al salón: MarÃa no estaba ya en él.
La conversación rodó sobre la cacerÃa última, y fui casi desmentido por don Jerónimo al asegurarle que el éxito de ella se debÃa a Braulio, pues me puso de frente lo referido por Juan Angel.
Emma me hizo saber que Carlos habÃa venido preparado para que hiciésemos una cacerÃa de venados: él se entusiasmó con la promesa que le hice de proporcionarle una linda partida a inmediaciones de la casa.
Luego que salió mi hermana, quiso Carlos hacerme ver su escopeta inglesa, y con tal fin pasamos a mi cuarto. Era el arma exactamente igual a la que mi padre me habÃa regalado a mi regreso de Bogotá, aunque antes de verla yo, me aseguraba Carlos que nunca habÃa venido al paÃs cosa semejante.
—Bueno —me dijo, luego que la examiné—. ¿Con esta también matarÃas animales de esa clase?