MarÃa
MarÃa Ofrecà a Emigdio asiento en el saloncito; y como eligiese un sofá de resorte, el pobre sintiendo que se hundÃa, procuró a todo trance buscar algo a qué asirse en el aire; mas, perdida toda esperanza, se rehizo como pudo, y una vez en pie, dijo:
—¡Qué demonios! A este Carlos no le entra el juicio. ¡Y ahora! Con razón venÃa riéndose en la calle de la pegadura que me iba a hacer. ¿Y tú también?… ¡Vaya! Si esta gente de aquà es el mismo demontres. ¿Qué te parece la que me han hecho hoy?
Carlos salió de la alcoba, aprovechándose de tan feliz ocasión, y ambos pudimos reÃr ya a nuestras anchas.
—¡Qué, Emigdio! —dije a nuestro visitante—: siéntate en esta butaca, que no tiene trampa. Es necesario que crÃes correa.
—Sà ea4 —respondió Emigdio sentándose con desconfianza cual si temiese un nuevo fracaso.
—¿Qué te han hecho? —rió más que preguntó Carlos.
—¿Hase visto? Estaba por no contarles.
—Pero, ¿por qué? —insistió el implacable Carlos, echándole un brazo sobre los hombros—; cuéntanos.