MarÃa
MarÃa —En Bogotá no hay señoras: éstas son todas unas… coquetas de siete suelas. Cuando ésta lo ha hecho, ¿qué se espera? Estoy hasta por no despedirme de ella. ¡Qué caray!, no hay nada como las muchachas de nuestra tierra; aquà no hay sino peligros. Ya ves a Carlos: anda hecho un altar de corpus, se acuesta a las once de la noche y está más fullero5 que nunca. Déjalo estar; que yo se lo haré saber a don Chomo para que le ponga la ceniza. Me admira verte a ti pensando tan sólo en tus estudios.
Partió pues Emigdio, y con él la diversión de Carlos y de Micaelina.
Tal era, en suma, el honradote y campechano amigo a quien iba yo a visitar.
Esperando verlo venir del interior de la casa, di frente a retaguardia oyendo que me gritaba al saltar una cerca del patio:
—¡Por fin, so maula!, ya creÃa que me dejabas esperándote. Siéntate, que voy allá.
Y se puso a lavarse las manos, que tenÃa ensangrentadas, en la acequia del patio.
—¿Qué hacÃas? —le pregunté después de nuestros saludos.