Shogun
Shogun HabÃa cruzado la última frontera entre el extranjero y el guerrero. Su espada no era aún la de un samurái, pero sus pensamientos sÃ.
Y el último juego de poder estaba por comenzar.
Toranaga jugaba con sus enemigos como un marinero que maniobra su nave en una tormenta: sin apresurarse, dejando que el viento pensara que tenÃa el control hasta que, en el último momento, giraba el timón y hacÃa volcar a los incautos.
Los rumores decÃan que estaba acabado.
Que Ishido y sus aliados lo habÃan atrapado.
Que solo quedaba rendirse o morir.
Blackthorne sabÃa que era mentira.
Porque habÃa aprendido algo fundamental: cuando Toranaga parecÃa más acorralado, era cuando más peligroso se volvÃa.
—Anjin-san, dime —preguntó Toranaga, mientras contemplaba el mar desde la fortaleza—, ¿qué harÃas si estuvieras al mando?
Blackthorne exhaló lentamente. La pregunta era una trampa. Pero también era una prueba.
—Depende —respondió—. Si fuera un capitán en batalla, sabrÃa que hay momentos en los que atacar es suicida. Momentos en los que hay que fingir que se ha perdido… hasta que el enemigo comete el error de acercarse demasiado.
Toranaga sonrió apenas.