Shogun
Shogun Toranaga la miró con la misma paciencia calculadora que siempre mostraba.
—Entonces, la abriremos.
Nadie preguntó cómo.
Nadie dudó que lo lograría.
La noche trajo fuego y muerte.
Los hombres de Toranaga se movieron en la oscuridad, deslizándose como sombras. Blackthorne luchó junto a ellos, su espada extranjera chocando contra katanas enemigas.
El aire olía a sangre y pólvora.
Cuando la puerta finalmente cedió, la ciudad se partió en dos.
Y Blackthorne entendió lo que significaba ser leal en Japón.
No era solo un acto de voluntad.
Era una condena, una sentencia escrita con sangre.
Y ahora, la suya estaba ligada a Toranaga para siempre.
La guerra no se declaraba con trompetas ni proclamas en Japón. Se gestaba en susurros, en silencios calculados, en la manera en que los daimyos inclinaban apenas la cabeza en señal de respeto o desafío.
Blackthorne lo entendía ahora.