Daisy Miller
Daisy Miller —¡Demonio, es muy duro! —exclamó en forma tan peculiar que Winterbourne percibió inmediatamente que iba a tener el honor de trabar amistad con un compatriota.
—Ten cuidado no te rompas un diente —le dijo con aire paternal.
—No tengo ninguno que romperme. Se me han caÃdo todos, y además nunca tuve más de siete. Mi mamá me lo contó la otra noche, y el que me quedaba se me cayó después. Mamá me habÃa dicho que si lo perdÃa me pegarÃa. No sé cómo ha sido, pero no lo he podido conservar. La culpa, sin duda, es de Europa; es el clima el que los hace caer. En América no ocurre asÃ. En estos hoteles…
Winterbourne estaba muy entretenido.
—Si te comes los tres terrones, puede que tu madre te pegue —le dijo.
—Entonces tendrá que darme caramelos —replicó el joven interlocutor—. No puedo comprar caramelos aquÃ, caramelos americanos, se entiende, que son los mejores caramelos.
—Dime, ¿los niños norteamericanos son también los mejores?
—No sé. Yo soy un niño norteamericano —contestó el muchachito.
—Ya me lo estaba pareciendo, y seguramente serás uno de los mejores —expuso Winterbourne sonriendo.