Daisy Miller
Daisy Miller Mientras tanto, la joven se habÃa acercado. VestÃa un traje de muselina blanca, con profusión de vuelos y pliegues, según la moda, adornado con cintas de color pálido, que se entrelazaban al andar. Llevaba la cabeza descubierta, luciendo su espléndida hermosura, y balanceaba en la mano una sombrilla bordeada con un ancho encaje.
«¡Qué linda es!», pensó Winterbourne, agitándose en su asiento, como si se fuese a levantar.
La joven se detuvo frente al banco, junto a la balaustrada del jardÃn que dominaba el lago.
El pequeño habÃa convertido el bastón en mazo de polo y con su ayuda lanzaba a su alrededor los guijarros del suelo del jardÃn, pisoteándolo sin piedad.
—¡Rodolfo! —le gritó su hermana—. ¿Qué estás haciendo?
—Estoy lanzando los Alpes por el aire. Mira el procedimiento.
Y siguió dando golpes que disparaban un chaparrón de piedrecillas a los ojos de Winterbourne.
—Efectivamente —exclamó éste—, parece el procedimiento indicado. Y, de seguir asÃ, es seguro que se desmoronarán.
—¡Es un norteamericano! —gritó, más que dijo, Rodolfo, con su vocecilla de viejo.
La joven pareció no prestar atención a la advertencia del muchacho, pero le miró con energÃa.