Daisy Miller
Daisy Miller En el lugar descrito, durante el mes de junio, los viajeros norteamericanos son tan numerosos, que bien puede decirse que el hotel se transforma en un balneario norteamericano; hay citas, reuniones, ruidos que evocan una visión, un eco de Newport o de Saratoga. Por todas partes se tropieza con estilizadas jóvenes que caminan apresuradamente, crujen muselinas y sedas, suena por doquier, aun en las mañanas, música de baile, y un rumor de voces se escucha incesantemente.
Donde mejor se captan estas impresiones es en el mesón de Las Tres Coronas, que nos traslada imaginativamente al Ocean House o al Congress Hall. Pero en Las Tres Coronas existen otras muchas cosas que apagan en gran parte tales sugerencias: elegantes camareros, tan elegantes que más bien parecen secretarios de Embajada; princesas rusas sentadas en el jardÃn; niños polacos paseando alrededor de las princesas, llevados de la mano por sus preceptores; la imponente vista de la cresta nevada del Dent de Midi, y las pintorescas torres del castillo de Chillon.