Daisy Miller
Daisy Miller No cabía duda, no podía envanecerse de haber dejado una huella duradera o imborrable en el corazón de Daisy, pero con todo se sentía enojado al oír que se le pintaba una situación tan dispar de la imagen que flotaba en su mente como hija de sus meditaciones durante la ausencia. No encontraba por parte alguna la figura de una bella norteamericana, asomada a una vieja reja romana, preguntándose impaciente cuándo podría llegar Winterbourne. Finalmente, determinó esperar un poco conservando el recuerdo de la señorita Miller, de sus pretensiones, dispuesto a dedicarse a cumplir con otros compromisos y amistades.
Una de estas relaciones era la de una señora norteamericana que había pasado algunas temporadas en Ginebra, en donde había dejado sus hijos en colegios.
Era lo que se llama una perfecta señora, y vivía en la calle Gregoriana.
Winterbourne fue recibido en un salón carmesí de un tercer piso; el sol de mediodía invadía la habitación. No llevaba aún media hora esperando cuando la doncella se presentó anunciando a la señora Miller. El anuncio fue seguido por la presencia del joven Rodolfo Miller, que, avanzando hasta el centro del salón, se encontró frente a frente con Winterbourne. Un instante después transpuso el umbral su encantadora hermana, y más tarde, tras regular intervalo, la señora Miller avanzó lentamente.