Daisy Miller
Daisy Miller —Sólo te diré que la joven va sola a todas partes con esos extranjeros; lo que puedan hacer después, debes buscarlo en otras informaciones. Ha escogido una media docena de romanos, cazadores de fortunas, y va con ellos a los lugares públicos. Cuando asiste a alguna invitación se hace acompañar por un caballero de escogidas maneras y unos soberbios mostachos.
—¿Y la madre, dónde está?
—No tengo la menor idea, pero las dos son muy populares.
Winterbourne meditó un rato.
—Son muy inocentes y muy ignorantes, lo que las libra de ser malas.
—Lo que son es vulgarÃsimas; sin redención posible —dijo la señora Castello—. Si el ser o no ser vulgar sin redención puede ser causa de maldad, es cosa a dilucidar por los metafÃsicos. Sobradamente malas son y, desde luego, desagradan de todos modos por la clase de vida que hacen. Y es más que suficiente.
La noticia de hallarse rodeada Daisy de una media docena de bigotes maravillosos no dejó de intranquilizar a Winterbourne, que se picó por el deseo de comprobarlo, visitándola cuanto antes.