Daisy Miller
Daisy Miller Winterbourne, que habÃa partido para Ginebra el dÃa siguiente de sus excursión al castillo de Chillon, volvÃa a Roma a fines del mes de enero.
Su tÃa llevaba ya unas semanas de estancia en la capital italiana, y habÃa recibido un par de cartas suyas.
«Aquellas gentes que conociste en Vevey durante el último verano, y que fueron tan de tu agrado, han llegado aquÃ. Secretario y todo —escribÃa—. Parece ser han hecho varias relaciones nuevas, pero el secretario continúa siendo la más Ãntima. La joven soltera, sin embargo, intima también con ciertos italianos, comportándose de un modo que da mucho que hablar. Tráeme la deliciosa novela de Cherbuliez Paule Méré, y no dejes de venir antes del veintitrés».
—Siguiendo el curso natural de los acontecimientos —dijo Winterbourne a su tÃa—, al llegar a Roma he preguntado a nuestro Banco Norteamericano la dirección de las señoras Miller, para ir a saludarlas. Después de lo ocurrido en Vevey, me creo obligado a ello.
—Si después de lo ocurrido en Vevey, y a pesar de ello, deseas conservar esa relación, haces muy bien. Por supuesto, un hombre puede conocerlo todo. Los hombres tienen ese afortunado privilegio.
—Bien, cuéntame ahora lo que ocurre por aquà —rogó Winterbourne a su tÃa.
