Daisy Miller

Daisy Miller

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—Padezco del hígado —aclaró—, y temo que este clima sea menos saludable que el de Schenectady, sobre todo durante el invierno. No sé si sabe usted que residimos en Schenectady. Estaba diciendo a Daisy que no había encontrado, con seguridad, nada de lo que quería el doctor Davis, y se lo decía porque, en primer lugar, en Schenectady le tenía siempre a mi disposición. Mucho le debo, y aún podía deberle más. Me decía con frecuencia que no sabía nada de mi dispepsia, pero que iba consiguiendo curarme. Estoy segura de que no existe nada que no haya probado, y estaba a punto de iniciar un nuevo ensayo cuando vinimos. Su padre deseaba que Daisy conociera Europa directamente. Yo le escribí diciéndole que no creía que yo pudiera venir sin el doctor Davis. El doctor no puede abandonar Schenectady por la gran cantidad de enfermos que asiste, y esto me quita el sueño.

Winterbourne gozó de una larga charla de patología con la cliente del doctor Davis, durante la cual Daisy charló sin interrupción con su compañera.

—¿Cómo lo pasa usted en Roma? —preguntó el joven a Daisy.

—Bien, aunque tenga que decir que me he visto defraudada —contestó—. ¡Habíamos oído tantas alabanzas sobre ella! Creo que es todo lo que se puede decir. No lo hemos podido evitar. Esperábamos encontrarnos con algo diferente.


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