El Alumno
El Alumno Cuando la señora Moreen utilizó aquel pretexto para deshacerse de la compañía del niño, Pemberton supuso que lo hacía precisamente para abordar el delicado asunto de su remuneración. Pero lo había hecho tan sólo para comentar algunas cosas que a un niño de once años no le convenía escuchar. Elogió a su hijo exageradamente, exceptuando un momento en que bajó la voz hasta convertirla en un susurro, dándose al mismo tiempo golpecitos en la parte izquierda de su tórax:
—Y todo ensombrecido por esto, ya sabe. Todo queda a merced de su debilidad.
Pemberton dedujo que la debilidad estaba localizada en la región del corazón. Sabía que el pobre niño no era robusto: ese era el motivo por el que había sido invitado a tratar sobre aquello, por medio de una señora inglesa, una conocida de Oxford que en esos momentos se encontraba en Niza, y que casualmente estaba informada tanto de las necesidades de Pemberton como de las de aquella amable familia norteamericana, que buscaba un tutor altamente cualificado y dispuesto a vivir con ellos.
