El Alumno
El Alumno La impresión que el joven tuvo de su futuro alumno, que había entrado en la habitación como si quisiera ver por sí mismo el momento en que Pemberton era admitido, no fue tan favorable como había dado por sentado. Morgan Moreen era, de algún modo, enfermizo sin ser delicado, y su aspecto inteligente —lo cierto es que a Pemberton no le habría gustado que fuera estúpido— sólo reforzaba la posibilidad de que se tratara de un niño desagradable, del mismo modo que su enorme boca y sus imponentes orejas impedían considerarlo agraciado.
Pemberton era modesto, e incluso tímido; y la posibilidad de que su joven estudiante resultase más inteligente que él, representaba, para su desgracia, uno más de los peligros que entrañaba aquel novedoso experimento. Pensó, no obstante, que eran riesgos que había de correr al aceptar una posición —como se decía— en el seno de una familia, cuando los honores universitarios, desde el punto de vista pecuniario, no han rendido los frutos esperados. En cualquier caso, cuando la señora Moreen se puso de pie como dando por hecho que ya que comenzaría con sus obligaciones esa misma semana le dejaba marcharse, Pemberton logró, pese a la presencia del niño, decir algo relativo a sus honorarios. Si la alusión no resultó demasiado vulgar, no fue por la sonrisa consciente que parecía hacer referencia a la acaudalada situación de la dama. Fue exactamente porque ésta resultó ser todavía más elegante al responder:
