El Alumno
El Alumno —¡Oh! Le puedo asegurar que eso se resolverá de modo completamente satisfactorio.
Pemberton sólo se preguntó, mientras cogÃa el sombrero, a cuánto ascenderÃa «eso». La gente tenÃa ideas tan distintas al respecto. Las palabras de la señora Moreen, no obstante, suponÃan un compromiso suficientemente claro por parte de la familia, como para provocar en el niño un breve comentario en tono burlón en otro idioma:
—¡Oh, lá-lá!
Pemberton, un tanto confundido, le lanzó una mirada mientras observaba cómo se alejaba lentamente hacia la ventana, dándole la espalda, con las manos en los bolsillos y el aire, en sus prematuramente avejentados hombros, de ser un niño que no jugaba. El joven se preguntó si serÃa capaz de enseñarle a jugar, a pesar de que la madre habÃa dicho que jamás debÃa hacerlo y que por eso le era imposible asistir al colegio. La señora Moreen no dio muestras de desconcierto, sino que se limitó a proseguir en tono afable:
—El señor Moreen estará encantado de satisfacer sus deseos. Como le he comentado, ha tenido que desplazarse a Londres una semana. En cuanto vuelva, aclarará esto con él.
La respuesta era tan franca y tan amistosa que el joven sólo pudo responder, riendo al igual que su anfitriona:
