El Americano
El Americano Una noche, ya muy tarde y más o menos una semana después de ir a ver a madame de Cintré, el criado de Newman le trajo una tarjeta de visita. Pertenecía al joven señor de Bellegarde. Instantes después, cuando fue a recibir a su visitante, le encontró en medio de su gran salón dorado, mirándolo desde la cornisa hasta la alfombra. A Newman le pareció que el rostro de monsieur de Bellegarde expresaba un aire de animada diversión. «¿De qué diablos se ríe ahora?», se preguntó nuestro héroe. Pero se hizo la pregunta sin acritud, ya que le daba la impresión de que el hermano de madame de Cintré era un buen tipo y tenía el presentimiento de que sobre esta base de camaradería estaban abocados a entenderse. Sólo que, si había algo de lo que reírse, también él quería echarle un vistazo.
—Antes que nada —dijo el joven tendiéndole la mano—, ¿he venido demasiado tarde?
—¿Demasiado tarde para qué? —preguntó Newman.
—Para fumarme un cigarro con usted.
—Para eso habría venido usted demasiado temprano —dijo Newman—. No fumo.
—¡Ah, es usted un hombre fuerte!
—Pero tengo cigarros —añadió Newman—. Siéntese.
