El Americano

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CAPÍTULO II

Regresó sin prisas al diván y se sentó al otro lado, con vistas al gran lienzo en el que Paolo Veronés pintó el festín de las bodas de Caná. A pesar de que estaba fatigado, el cuadro le pareció entretenido; sentía que creaba una impresión; satisfacía su idea, que era ambiciosa, de cómo debía ser un espléndido banquete. En la esquina izquierda del cuadro hay una joven de rizos rubios confinados en una toca dorada; está inclinada hacia adelante y escucha, con la sonrisa de una encantadora mujer en un convite, a su vecino. Newman la detectó entre el gentío, la admiró y se dio cuenta de que también ella tenía su propio copista devoto: un joven con el cabello de punta. De pronto fue consciente del germen de la manía del «coleccionista»; había dado el primer paso, ¿por qué no habría de seguir? No habían transcurrido más que veinte minutos desde que comprara el primer cuadro de su vida y ya estaba imaginándose el mecenazgo artístico como una actividad fascinante. Sus reflexiones avivaron su buen humor, y a punto estuvo de abordar al joven con otro «Combien?». A este respecto hay dos o tres hechos dignos de atención, aunque la cadena lógica que los conecta pueda parecer imperfecta. Sabía que mademoiselle Nioche había pedido demasiado; no le guardaba ningún rencor por ello y estaba decidido a pagarle al joven exactamente la suma adecuada. En ese preciso instante, sin embargo, atrajo su atención un caballero procedente de otra parte de la sala y cuyo porte era el de alguien ajeno a la galería, a pesar de que no iba equipado con guía ni con gemelos. Llevaba un parasol blanco forrado de seda azul, y se paseaba frente al Paolo Veronés mirándolo vagamente, pero demasiado cerca para ver algo más que el grano del lienzo. Justo enfrente de Christopher Newman hizo una pausa y se dio la vuelta, y entonces nuestro amigo, que le había estado observando, tuvo la oportunidad de verificar la sospecha que una visión imperfecta de su rostro le había suscitado. El resultado de este examen más completo fue que acto seguido se puso en pie de un salto, cruzó la sala a zancadas y, alargando la mano, detuvo al caballero del parasol del forro azul. Éste le miró de hito en hito, pero le tendió su mano al azar. Era corpulento y sonrosado, y aunque su semblante, que estaba adornado con una hermosa barba blonda cuidadosamente dividida en el centro y cepillada hacia afuera por los lados, no destacaba por la intensidad de su expresión, parecía una persona dispuesta a estrecharle la mano a cualquiera. Ignoro lo que pensó Newman de su rostro, pero al estrecharle la mano notó una falta de respuesta.


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