El Americano
El Americano A su regreso a París, Newman no había reanudado el estudio de la conversación francesa con monsieur Nioche; descubrió que tenía demasiadas otras cosas a las que dedicar su tiempo. No obstante, monsieur Nioche fue a verle sin demora, después de averiguar su paradero mediante un misterioso proceso del que su patrón nunca tuvo la clave. El pequeño capitalista mermado repitió su visita más de una vez. Parecía abrumado por la humillante sensación de que se le había pagado de más, y por lo visto deseaba amortizar su deuda ofreciendo información gramatical y estadística a pequeños plazos. Lucía las mismas trazas decentemente melancólicas que meses antes; unos pocos meses más o menos de cepillado apenas podían modificar el lustre añejo de su abrigo y de su sombrero. Pero el espíritu del pobre hombre estaba un poco más raído; daba la impresión de que había sido objeto de duros restregones durante el verano. Newman preguntó con interés por mademoiselle Noémie, y al principio monsieur Nioche, a modo de respuesta, se limitó a mirarle sumido en un silencio lacrimógeno.
—No me pregunte, señor —dijo al fin—. Me siento y la miro, pero no puedo hacer nada.
—¿Quiere usted decir que se porta mal?
