El Americano
El Americano Tres días después de su presentación a la familia de madame de Cintré, al volver a casa hacia el anochecer, Newman se encontró sobre su mesa la tarjeta del marqués de Bellegarde. Al día siguiente recibió una nota donde se le informaba de que el marqués de Bellegarde agradecería el honor de contar con su compañía durante la cena.
Naturalmente, fue, aunque para ello tuvo que anular otro compromiso. Se le condujo hasta la habitación en la que madame de Bellegarde ya le había recibido, y encontró ahí a su venerable anfitriona rodeada de toda su familia. La habitación estaba alumbrada tan sólo por el fuego crepitante, que iluminaba las pequeñísimas zapatillas rosa de una dama que, sentada en una silla baja, estiraba los pies ante el fuego. Esta dama era la joven madame de Bellegarde. Madame de Cintré estaba sentada en el extremo opuesto de la habitación, dando apoyo con la rodilla a una niña, la hija de su hermano Urbain, a quien evidentemente le estaba contando una maravillosa historia. Valentin había tomado asiento en un puf cerca de su cuñada, en cuyo oído estaba, sin duda, vertiendo las más sutiles de las tonterías. El marqués estaba apostado frente al fuego con la cabeza erguida y las manos a la espalda, en actitud de espera formal.
