El Americano
El Americano Newman mantuvo su promesa, o su amenaza, de ir a menudo a la Rue de l’Université, y durante las seis semanas siguientes vio a madame de Cintré en más ocasiones de las que habría sido capaz de contar. Creía que no estaba enamorado, pero cabe suponer que su biógrafo sabía que no era así. Al menos, no reivindicaba para sí ninguna de las prerrogativas y emolumentos de la pasión romántica. El amor, a su juicio, hacía de todo hombre un loco, y su actual emoción no era locura sino sabiduría: sabiduría cabal, serena, bien enfocada. Lo que sentía era una intensa e insaciable ternura que tenía por objeto a una mujer extraordinariamente elegante y delicada, además de impresionante, que vivía en una gran casa gris en la orilla izquierda del Sena. Esta ternura se convertía con frecuencia en auténtica congoja; signo éste en el que, sin duda, Newman tendría que haber leído la denominación que la ciencia ha otorgado a su sentimiento. Cuando el corazón soporta una pesada carga, apenas importa si la carga es de oro o de plomo; cuando, en cualquier caso, la felicidad pasa a ocupar ese lugar en el que se vuelve idéntica al dolor, un hombre puede admitir que el reino de la sabiduría se ha quedado transitoriamente en suspenso. Tanto deseaba Newman el bien de madame de Cintré, que nada de lo que se le pudiese ocurrir que podría hacer por ella en el futuro alcanzaba las elevadas cotas que su estado de ánimo actual se había impuesto. La consideraba un producto tan feliz de la naturaleza y de las circunstancias que la inventiva de Newman, cuando rumiaba combinaciones futuras, no dejaba de contener el aliento por temor a tropezarse con alguna brutal reducción o mutilación de su hermosa armonía personal. A esto me refiero al hablar de la ternura de Newman: madame de Cintré le agradaba tanto, tal y como era, que su deseo de interponerse entre ella y los apuros de la vida se asemejaba al afán de una joven madre por proteger el sueño de su primogénito. Newman estaba, sencillamente, embelesado, y trataba su embelesamiento como si fuese una caja de música que a la menor sacudida pudiera pararse. No cabe mejor prueba del anhelante epicúreo que se esconde en el temperamento de cada hombre, en espera de una señal con la que algún cómplice divino le indique que puede asomarse sin peligro. Newman, al fin, estaba disfrutando pura, libre y profundamente. Algunas cualidades personales de madame de Cintré —la luminosa dulzura de sus ojos, la delicada movilidad de su rostro, la fluidez profunda de su voz— ocupaban toda su conciencia. Un venerable griego de la antigüedad, en pleno acto de contemplar satisfechamente con todo su eximio intelecto a una diosa de mármol, no podría haber sido una encarnación más completa de la sabiduría que se abandona al disfrute de las armonías silenciosas.
