El Americano
El Americano Llegó con tiempo, la tarde del día 27, al baile de madame de Bellegarde. La antigua casa de la Rue de l’Université tenía un aspecto raramente espléndido. En el círculo de luz proyectado desde la verja exterior, un destacamento de la plebe miraba cómo iban entrando los carruajes; el patio estaba iluminado con refulgentes antorchas y el pórtico se había recubierto con una alfombra carmesí. Cuando llegó Newman, tan sólo unas cuantas personas habían hecho acto de presencia. La marquesa y sus dos hijas estaban en lo alto de la escalera, donde la vieja ninfa pálida del rincón se asomaba desde una enramada de plantas. Madame de Bellegarde, vestida de fina blonda púrpura, parecía una anciana pintada por Van Dyck; madame de Cintré vestía de blanco. La anciana saludó a Newman con majestuosa etiqueta, y, mirando a su alrededor, llamó a varias de las personas que se hallaban cerca. Eran caballeros ancianos, pertenecientes a la que Valentin de Bellegarde había denominado categoría de las narices en alto; dos o tres lucían cordones y estrellas. Se aproximaron con una presteza acompasada, y la marquesa dijo que deseaba presentarles al señor Newman, que se iba a casar con su hija. Entonces presentó sucesivamente a tres duques, tres condes y un barón. Estos caballeros hicieron una reverencia y sonrieron de manera muy cordial, y Newman se entregó a una serie de apretones de mano imparciales acompañados de un «Encantado de conocerle, señor». Miró a madame de Cintré, pero ella no le estaba mirando. Si la conciencia que de su propia persona tenía Newman hubiese sido de una naturaleza tal como para llevarle a referirse constantemente a ella, como un crítico ante quien, en público, representaba él su papel, quizá habría considerado una prueba halagadora de la confianza de madame de Cintré el hecho de que nunca la sorprendía posando los ojos sobre él. Es una reflexión que Newman no hizo, pero no obstante podemos arriesgarnos a decir que, a pesar de esta circunstancia, es probable que ella viese hasta el último movimiento de su dedo meñique. La joven madame de Bellegarde vestía un audaz atavío de crespón carmesí, sembrado de enormes lunas plateadas: finos cuartos crecientes y lunas llenas.