El Americano

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CAPÍTULO XIX

Newman poseía un notable talento para quedarse quieto cuando era necesario, y tuvo ocasión de ejercerlo durante su viaje a Suiza. Las horas sucesivas de la noche no le concedieron el sueño; pero sentado en la esquina del vagón, inmóvil y con los ojos cerrados, su aparente letargo podría haber arrancado la envidia del más observador de sus compañeros de viaje. Hacia la mañana, el sueño llegó de verdad, como efecto de una fatiga mental más que física. Durmió varias horas, y al fin, cuando despertó, descubrió que sus ojos se posaban sobre una de las cumbres nevadas del Jura, detrás de la cual el cielo empezaba a enrojecer con el alba. Pero no vio ni la fría montaña ni el cálido cielo; su conciencia empezó a vibrar de nuevo, en ese mismo instante, con la sensación del agravio sufrido. Se bajó del tren media hora antes de que llegase a Ginebra, con el frío crepúsculo de la mañana, en la estación indicada en el telegrama de Valentin. Un soñoliento jefe de estación que llevaba una linterna y se había puesto la capucha del gabán estaba en el andén, y a su lado había un caballero que avanzó para recibirle. Este personaje era un hombre de unos cuarenta años, de figura alta y delgada, rostro cetrino, ojos oscuros, un bigote esmerado y un par de guantes nuevos. Con aspecto muy solemne, se quitó el sombrero y pronunció el nombre de Newman. Nuestro amigo asintió, y dijo:

—¿Es usted el amigo de monsieur de Bellegarde?


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