El Americano
El Americano Hay un bonito paseo público en Poitiers, sobre la cresta de la alta colina en torno a la que se apiña la pequeña ciudad, que está sembrado de árboles tupidos y mira sobre los fértiles campos en donde los antiguos príncipes ingleses combatieron en defensa de su derecho. Newman estuvo recorriendo este tranquilo paseo de arriba abajo durante la mayor parte del día siguiente, y dejó que sus ojos se extraviasen por el histórico paisaje; pero habría sido tristemente incapaz de decir después si este último estaba integrado por minas de carbón o por viñedos. Estaba completamente abandonado a su pesadumbre, cuya carga no se aligeraba en absoluto con la reflexión. Se temía que madame de Cintré estaba irrevocablemente perdida, y sin embargo, como él mismo habría dicho, no veía de qué manera podía renunciar a ella. Se le antojaba imposible dar la espalda a Fleurières y a sus habitantes; le parecía que por algún lugar de allí debía de ocultarse alguna semilla de esperanza o de desagravio, con que sólo pudiese extender el brazo lo bastante lejos para arrancarla. Era como si tuviese la mano sobre un picaporte y estuviese agarrándolo con el puño cerrado; había aporreado, había llamado, había empujado la puerta con su poderosa rodilla y la había sacudido con todas sus fuerzas, y la respuesta había sido un maldito silencio mortal. Y aun así algo le retenía allí; algo endurecía el agarre de sus dedos. La satisfacción de Newman había sido demasiado intensa, todo su plan demasiado calculado y maduro, la perspectiva de su felicidad demasiado rica y abarcante para que este hermoso edificio moral se desmoronase de golpe. Los propios cimientos parecían haber sufrido daños fatales, y pese a todo sentía un terco deseo de seguir intentando salvar el edificio. Le embargaba la sensación de agravio más dolorosa que jamás había conocido o había creído posible llegar a conocer. Aceptar esta herida y marcharse sin mirar atrás era forzar el buen talante hasta un punto del que se sentía incapaz. Volvía continuamente con empeño la vista atrás, y lo que allí veía no aplacaba su resentimiento. Se veía a sí mismo como alguien confiado, generoso, despreocupado, paciente, natural, alguien que sabía tragarse una irritación frecuente y que estaba dotado de una modestia sin límites. Haber mordido el polvo, haber sido objeto del desdén, de los aires de superioridad y de la sátira y haber accedido a tomárselo como una de las condiciones del trato… haber hecho todo esto, y todo a cambio de nada, sin duda le daba a uno derecho a protestar. ¡Y que le despachasen por ser una persona mercantil! ¡Ni que hubiese mencionado o soñado con los negocios una sola vez desde que empezó su relación con los Bellegarde… ni que hubiese entrado en los pormenores de los negocios… ni que no hubiese accedido a maldecirlos cincuenta veces al día, de haber aumentado así un ápice la probabilidad de que los Bellegarde no le hiciesen una mala pasada! Aun concediendo que ser un hombre de negocios fuese un fundamento lícito para que le jugasen a uno una jugarreta, ¡qué poco sabían sobre la clase así denominada y su emprendedora manera de no detenerse en nimiedades! Era a la luz de su herida donde más peso tenía el aguante pasado de Newman; su exasperación propiamente dicha no había sido tanta, mezclada como estaba con su imagen del cielo despejado que había abovedado su reciente galanteo. Pero ahora su sensación de ultraje era profunda, rencorosa y omnipresente; sentía que era un buen tipo agraviado. En cuanto a la conducta de madame de Cintré, le dejaba algo así como sobrecogido, y el hecho de que fuese incapaz de comprenderla o de sentir la realidad de sus motivos tan sólo aumentaba la fuerza con que se había encariñado con ella. Nunca había dejado que su catolicismo le preocupase; el catolicismo no era para Newman nada más que un nombre, y expresar desconfianza hacia la forma en que se habían modelado los sentimientos religiosos de madame de Cintré le habría parecido, por su parte, una afectación bastante pretenciosa de celo protestante. Si en tierra católica podían abrirse flores blancas tan espléndidas como ésa, no era una tierra insalubre. Pero una cosa era ser católica, y otra hacerse monja… ¡ante sus propios ojos! Había una suerte de lúgubre comicidad en cómo el optimismo absolutamente contemporáneo de Newman se veía confrontado con este sombrío expediente del viejo mundo. Ver cómo una mujer que estaba hecha para él y para la maternidad de sus hijos se le escamoteaba en esta trágica parodia… era algo para frotarse los ojos, una pesadilla, una ilusión, una patraña. Pero las horas pasaban sin refutar la cuestión, y dejándole el mero resabio de la vehemencia con que había abrazado a madame de Cintré. Recordaba sus palabras y sus miradas; les dio vueltas e intentó sonsacar su misterio y dotarlas de un significado soportable. ¿Qué había querido decir con que su sentimiento era una especie de religión? Era simplemente la religión de las leyes familiares, la religión cuya sacerdotisa mayor era su implacable madrecita. Por mucho que la generosidad de madame de Cintré retorciese las cosas, lo único cierto era que habían usado la fuerza contra ella. Su generosidad había intentado encubrirlos, pero a Newman se le ponía el corazón en la garganta cuando pensaba que quedarían impunes.
