El Americano
El Americano —Le agradezco mucho que haya venido —dijo Newman—. Espero que esto no le ocasione inconvenientes.
—No creo que me echen de menos. Estos dĂas, a mi señora no le gusta tenerme cerca.
Dijo esto con cierta vehemencia agitada que aumentĂł la sensaciĂłn que tenĂa Newman de haberle inspirado confianza a la anciana.
—¿Sabe?, desde el principio —dijo Newman— se ha interesado usted por mis expectativas. Ha estado de mi parte. Me agradó mucho, se lo aseguro. Y ahora que sabe lo que me han hecho, no me cabe la menor duda de que está aún más de mi parte.
—No han hecho bien… debo decirlo —dijo la señora Bread—. Pero no le debe echar la culpa a la pobre condesa; la presionaron mucho.
—¡DarĂa un millĂłn de dĂłlares por saber lo que le han hecho! —exclamĂł Newman.
La señora Bread se sentó, posando una mirada mortecina y evasiva sobre las luces del château.
—Influyeron sobre sus sentimientos; sabĂan que Ă©se era el modo. Es una criatura delicada. La hicieron sentirse malvada. Es demasiado buena.
