El Americano
El Americano Newman regresó a París a los dos días de su encuentro con la señora Bread. Se había quedado en Poitiers por la mañana, leyendo una y otra vez el pequeño documento que había alojado en su billetero y pensando en lo que haría en estas circunstancias y en cómo lo haría. Aunque no habría dicho que Poitiers era un lugar entretenido, el día se le hizo muy corto. Domiciliado de nuevo en el Boulevard Haussmann, se encaminó a la Rue de l’Université y le preguntó a la portera de madame de Bellegarde si había vuelto la marquesa. La portera le dijo que había llegado, con monsieur le Marquis, el día anterior, y además le informó de que, si deseaba entrar, madame de Bellegarde y su hijo estaban ambos en casa. Mientras decía estas palabras, la pequeña anciana de cara blanca que se asomaba por la caseta de la cancilla del Hôtel de Bellegarde le dedicó una sonrisita perversa: una sonrisa que a Newman se le figuró que significaba: «¡Entre si se atreve!». Era obvio que estaba versada en la historia familiar del momento; estaba apostada en un sitio que le permitía tomarle el pulso a la casa. Newman se quedó parado un momento, retorciéndose el bigote y mirándola; después se dio bruscamente la vuelta. Pero no porque tuviese miedo de entrar… aunque dudaba de si, en caso de hacerlo, sería capaz de abrirse paso sin obstáculos y personarse ante los parientes de madame de Cintré. El aplomo —un aplomo excesivo, quizá— tanto como la timidez le impulsaron a retirarse. Estaba acariciando su bomba de mano; le encantaba; no estaba dispuesto a desprenderse de ella. Era como si la estuviese sosteniendo desde lo alto, desde una atmósfera atronadora y racheada de relámpagos, justo sobre las cabezas de sus víctimas, y se imaginaba que podía ver sus pálidos semblantes vueltos hacia arriba. Pocos ejemplos de expresiones humanas le habían procurado tanto placer como éstos, alumbrados de la truculenta manera a la que he aludido, y estaba dispuesto a probar las mieles de la venganza contemplativa sin ninguna prisa. Hay que añadir, además, que no conseguía saber con exactitud cómo se las podría arreglar para presenciar el efecto de su bombardeo. Enviarle su tarjeta a madame de Bellegarde sería un derroche de ceremonial; con toda certeza, se negaría a recibirle. Por otro lado, no podía abrirse paso a la fuerza para llegar ante su presencia. Le molestaba sobremanera pensar que quizá tendría que limitarse a la satisfacción ciega de escribirle una carta; pero se consoló un poco al reflexionar que una carta podría conducir a una cita. Se fue a casa y, como estaba bastante cansado —acariciar una venganza era, hay que confesarlo, un proceso bastante fatigoso; exigía mucho de uno—, se desplomó sobre uno de sus sillones, estiró las piernas, se metió las manos en los bolsillos y, mientras observaba cómo el reflejo de la puesta de sol se iba desvaneciendo sobre las recargadas azoteas de la acera opuesta del bulevar, empezó a componer mentalmente una fría epístola a madame de Bellegarde. En éstas se hallaba cuando el criado abrió la puerta de par en par y anunció ceremoniosamente: «Madame Brett!».
