El Americano
El Americano Newman fue a visitar a la cómica duquesa y la encontró en casa. Un anciano caballero con nariz aguileña y un bastón con empuñadura de oro se estaba despidiendo en ese mismo instante; le hizo a Newman una prolongada reverencia mientras se retiraba, y nuestro héroe supuso que era uno de aquellos misteriosos próceres a los que había estrechado la mano en el baile de madame de Bellegarde. La duquesa, en su butaca, de la que no se movió, con un gran tiesto de flores a un lado, una pila de novelas de portada rosa[33] al otro y una gran pieza de tapiz colgando de su regazo, presentaba una fachada amplia e imponente; pero su aspecto era sumamente agradable, y nada había en su aspecto que pusiese coto a la efusión de las confidencias de Newman. Le habló de flores y de libros, lanzándose a ello con maravillosa presteza; de teatros, de las instituciones tan peculiares del país natal de Newman, de la humedad de París, de la bonita tez de las damas americanas, de las impresiones que de Francia tenía Newman y de lo que opinaba sobre sus habitantes femeninos. Todo esto constituyó un brillante monólogo por parte de la duquesa, que, como muchas compatriotas suyas, era una persona de talante afirmativo más que interrogador, que creaba mots y las ponía ella misma en circulación, y que era propensa a ofrecerle a uno el regalo de una pequeña opinión oportuna, primorosamente envuelta con el papel dorado de un feliz galicismo. Newman había ido a verla con un agravio, pero se encontró sumido en una atmósfera en la que al parecer no se tenía conocimiento de los agravios; una atmósfera en la que nunca había penetrado el escalofrío del malestar, y que parecía componerse exclusivamente de suaves, dulces y trasnochados perfumes intelectuales. Le sobrevino de nuevo la sensación con que había contemplado a madame d’Outreville en el pérfido festival de los Bellegarde; se le antojaba una anciana prodigiosa en una comedia, especialmente buena en su papel. Observó al poco rato que no le hacía ninguna pregunta sobre sus amistades comunes; no hizo alusión alguna a las circunstancias en que le había sido presentado Newman. Ni fingía ignorar que había habido un cambio en estas circunstancias ni pretendía darle el pésame por ello, sino que sonreía y discurseaba y comparaba las lanas de suaves tintes de su tapiz, como si los Bellegarde y su maldad no fuesen de este mundo. «¡Está rehuyendo el tema!», se dijo Newman; y, una vez hecha la observación, se vio inducido a seguir observando de qué manera saldría airosa la duquesa de su propia indiferencia. Lo hizo con maestría. No había ni un destello de conciencia disimulada en aquellos ojillos claros y efusivos que constituían su más cercana aspiración al encanto personal; no había ni un solo síntoma de aprensión a que Newman frisase el terreno que ella se proponía evitar. «A fe mía, qué bien lo hace —comentó para sus adentros—. Se mantienen unidos con valentía, y, puedan o no otras personas confiar en ellos, no cabe duda de que pueden confiar los unos en los otros».
