El Banco de la desolación
El Banco de la desolación —Oh, ya no me importa lo que vaya a suceder. Además, me parece que preferirÃa que estuviera presente, como usted dice, más que ausente con su ausencia —añadió Marcher.
—¡Oh, mi ausencia! —Y sus pálidas manos le restaron importancia.
—Con la ausencia de todo.
TenÃa la espantosa sensación de estar allÃ, ante ella por última vez en su vida (si se puede dar por buena una mera sensación, la sensación de caer en un vacÃo insondable). Esto gravitaba sobre él con un peso que apenas podÃa soportar, y era este peso el que parecÃa extraer de él la escasa capacidad que le restaba de verbalizar una protesta.
—La creo, pero no puedo aparentar que la entiendo. Nada ha terminado para mÃ. Nada habrá terminado hasta que yo mismo termine, lo cual ruego a mi estrella sea lo más pronto posible. DÃgame —añadió—, aunque no haya apurado mi copa hasta la última gota, como usted sostiene, ¿cómo es posible que aquello que no he sentido jamás sea, entre todas las cosas, lo que estaba destinado a sentir?
Se enfrentó a él tal vez de un modo menos directo, pero se mostró impasible.
—Usted da por sentados sus «sentimientos». DebÃa padecer su destino. Eso no significa necesariamente conocerlo.