El Banco de la desolación
El Banco de la desolación Algo, y esto le alcanzó con una punzada de dolor, que él, John Marcher, no había tenido, y la prueba de ello era en efecto su árido final. Ninguna pasión le había tocado jamás, pues aquello era lo que la pasión significaba; había sobrevivido y divagado y languidecido, pero ¿dónde estaba su profunda devastación? El hecho extraordinario del que estamos hablando fue la repentina embestida de la respuesta a esta pregunta. La escena que sus ojos acababan de contemplar señalaba, como con letras de fuego, algo que él, de la manera más insensata, había pasado del todo por alto; y lo que había pasado por alto convirtió aquellas cosas en un reguero de pólvora e hizo que se grabaran en él como una angustia de latidos interiores. Había visto, desde fuera de su propia vida, y no aprendido desde dentro, el modo en que se llora a una mujer cuando se la ha amado por sí misma: tal era la fuerza de su convicción sobre el significado del rostro del extraño, que aún llameaba para él como una antorcha humeante. El conocimiento no le había llegado de mano de la experiencia, le había rozado, empujado, tumbado, con la desconsideración de la casualidad, con la insolencia de un accidente. Sin embargo, ahora que la iluminación había comenzado, resplandecía en su apogeo, y lo que en aquel momento estaba allí mirando con asombro era la profunda vacuidad de su vida. Miraba con asombro, tomaba aliento con dolor; se revolvía desalentado y, al darse la vuelta, vio ante sí, escrita en caracteres más definidos que nunca, la página abierta de su historia. El nombre en la lápida le golpeó como lo había hecho el encuentro con su vecino, y lo que le manifestó, en pleno rostro, fue que era ella lo que había pasado por alto. Este era el terrible pensamiento, la respuesta a todo el pasado, la visión cuya espantosa claridad le dejó tan helado como la piedra que tenía a sus pies. Todo se desmoronaba al mismo tiempo, se revelaba, se explicaba, le abatía y le dejaba sobre todo estupefacto ante la ceguera que había abrigado. El destino para el que había sido señalado se había cumplido con creces: había apurado su copa hasta la última gota; había sido el hombre de su tiempo, el hombre quien jamás habría de sucederle nada. Ese era el extraño golpe, ese era su castigo. Así lo veía, podría decirse, con un terror apagado, mientras las piezas iban encajando. Ella lo había visto, mientras que él no veía nada, y en esos momentos le ayudaba a ver la verdad. Era la verdad, vívida y monstruosa que había esperado todo aquel tiempo, y la propia espera había sido su suerte. En un momento dado, la compañera de su vigilia lo había percibido y le había ofrecido entonces la posibilidad de burlar su destino. Pero uno no puede burlar su destino, y el día que ella le dijo que el suyo había llegado a su fin no hizo sino quedarse mirando fija y estúpidamente la liberación que ella le ofrecía.