El Banco de la desolación
El Banco de la desolación La liberación hubiera sido amarla; entonces, entonces habría vivido. Ella había vivido (¿quién podría decir ahora con qué pasión?) porque le había amado por sí mismo, mientras que él nunca había pensado en ella (¡oh, con qué espanto lo veía ahora!), sino en la frialdad de su egoísmo y con la vista puesta en su utilidad. Las palabras de ella volvían a resonar en su memoria, y la cadena se tensaba y tensaba. En efecto, la bestia había acechado y, en su momento, la bestia había atacado; había atacado en aquel frío crepúsculo de abril cuando, pálida, enferma, debilitada, pero toda hermosura, y tal vez incluso con la posibilidad de curarse, se había levantado del sillón para estar frente a él y dejar que quizá adivinara. Había atacado en el momento que él no adivinó; había atacado cuando, ya sin esperanzas, se alejó de él, y la señal, cuando él se marchó de la casa, ya había caído donde tenía que caer. Había justificado su miedo y cumplido su destino; había fracasado, con suma precisión, en todo lo que debía fracasar; y, al recordar que ella le había rogado que no tratara de saber, un gemido acudió a sus labios. El horror al despertar: esto era el conocimiento, un conocimiento bajo cuyo aliento las mismísimas lágrimas parecían helarse en sus ojos. No obstante, a través de ellas, trataba de asegurarlo y retenerlo. Lo mantenía allí, frente a sí, para, de esta forma, poder sentir el dolor. Aquello, al menos, aunque tardío y amargo, conservaba algo del sabor de la vida. Pero, de repente, la amargura le enfermó, y fue como si, de una manera espantosa, viera en la verdad, en la crueldad de su propia imagen, lo que había sido dispuesto y cumplido. Vio la jungla de su vida y vio la bestia acechante; después, mientras miraba, la percibió, como una conmoción en el aire, alzarse, enorme y repugnante, para dar el salto que le destrozaría. Los ojos de Marcher se oscurecieron: la bestia estaba cerca, y, en su alucinación, volviéndose de modo instintivo para esquivarla, se arrojó de bruces sobre la tumba.