El Banco de la desolación
El Banco de la desolación Poco importa lo que provocó la perturbadora conversación que mantuvieron en su encuentro; quizá solo fueron unas palabras que él mismo había pronunciado sin intención, cuando, tras haberse reconocido, se rezagaron y, juntos, empezaron a caminar a paso lento. Hacía una o dos horas que unos amigos le habían acompañado a la casa en que ella se alojaba. El grupo de visitantes de la otra casa, del que él era parte y gracias al cual, según su teoría habitual, era la causa de que estuviera perdido entre la multitud, había sido invitado a almorzar allí. Después del almuerzo hubo una desbandada general acorde con el objetivo primordial de la visita: contemplar Weatherend y los delicados objetos, los elementos peculiares, cuadros, reliquias familiares y tesoros de las distintas artes que hacían casi famoso aquel lugar. Las enormes habitaciones eran tantas que los invitados podían deambular a su antojo, desprenderse del grupo principal y, en el caso de aquellos que se tomaban el asunto muy en serio, entregarse a misteriosas apreciaciones y cálculos. Se veían personas, en rincones apartados, solas o en parejas, inclinándose sobre objetos, con las manos apoyadas en las rodillas y moviendo la cabeza con el mismo énfasis que si olisqueasen algo. En el caso de las parejas, o bien entremezclaban sus exclamaciones de éxtasis o se fundían en silencios todavía más significativos, de modo que para Marcher había detalles en aquella visita que tenían ese aire de «inspección», previo a una venta harto anunciada, que excita o enfría, según los casos, el sueño de la adquisición. En Weatherend, estos sueños de adquisición tuvieron que ser en verdad desenfrenados, y, entre tantas sugerencias, John Marcher se encontraba casi tan desconcertado ante los que sabían demasiado como ante aquellos que no sabían nada. La poesía y la historia que aquellas enormes salas suscitaban le abrumaban de tal modo que necesitaba alejarse para establecer con ellas una relación adecuada, aunque su manera de hacerlo no fuera, como sucedía con el perverso regocijo de algunos de sus compañeros, comparable a los movimientos de un perro olfateando un aparador. Muy pronto esta actitud iba a tener consecuencias imprevistas.