El Banco de la desolación
El Banco de la desolación En resumen, aquella tarde de octubre le llevó a un encuentro más estrecho con May Bartram, cuyo rostro, como una señal del pasado más que como un recuerdo, había comenzado a turbarle de un modo muy placentero mientras se sentaban a la gran mesa, distantes entre sí. Le afectaba como la secuela de algo cuyo principio hubiera perdido. Lo sabía, y de momento lo aceptaba de buen grado, como continuación de algo de lo que ignoraba el origen, lo cual resultaba interesante o divertido, más aún porque, en cierto modo, también era consciente de que la joven, aunque sin dar ninguna señal explícita, no había perdido el hilo. No lo había perdido, pero comprendió que tampoco se lo devolvería sin que él alargara la mano para tomarlo; y no comprendió solo aquello sino otras muchas cosas, por lo demás bastante extrañas teniendo en cuenta que, cuando el azar de la reunión les puso frente a frente, él solo jugaba con la idea de que cualquier contacto entre ellos en el pasado no debía de haber tenido la más mínima importancia. Y si no la había tenido, no alcanzaba a comprender por qué parecía poseer tanta importancia el efecto actual que ella le producía. No obstante, la respuesta era que, en la vida que todos ellos parecían llevar en aquel momento, uno no podía sino tomar las cosas como venían. Estaba satisfecho, sin tener la más remota idea de por qué, de que aquella joven dama pudiera haber accedido penosamente a su posición en la casa como una pariente pobre; satisfecho también de que no estuviera allí de paso, sino que fuera en cierto modo miembro de aquel círculo, casi un miembro activo, remunerado. ¿Acaso no disfrutaba ella, en ciertos momentos, de una protección, que pagaba ayudando, entre otros servicios, a enseñar el lugar y a explicarlo, a tratar con gente tediosa, a contestar preguntas sobre las fechas de la construcción de los edificios, los estilos del mobiliario, la autoría de los cuadros o los lugares predilectos del fantasma? Y sin embargo, no tenía el aspecto de alguien a quien se le pudieran ofrecer unos chelines: era imposible parecerlo menos. Aun así, cuando se le acercó, sin ninguna duda hermosa aunque mucho mayor (mayor que cuando la había visto antes), bien pudo ser por haber adivinado que durante un par de horas él le había dedicado más pensamientos que a todos los demás juntos y, por tanto, había intuido una verdad sobre ella que los otros eran demasiado torpes para ver. Ella estaba allí en condiciones más duras que nadie: estaba allí como resultado de cosas sufridas de un modo u otro en aquel intervalo de años; y ella le recordaba tanto como él a ella, solo que mucho mejor.