El Banco de la desolación
El Banco de la desolación Cuando por fin les llegó la oportunidad de hablar, se encontraban solos en una de las habitaciones, notable por el delicado retrato sobre la chimenea, por la que sus amigos ya habían pasado, y el encanto de la situación residía en que incluso antes de empezar a hablar ya habían acordado rezagarse para charlar. Felizmente, el encanto estaba también en otras cosas: en cierto modo, en que apenas hubiera un lugar en Weatherend que no tuviera algo por lo que quedarse rezagado; en la forma en que el día otoñal acechaba por las altas ventanas mientras declinaba; en cómo, al atardecer, la luz roja, desprendiéndose bajo un cielo encapotado y sombrío, se estiraba en un largo haz y jugueteaba entre viejos frisos, viejas tapicerías, oro viejo, viejos colores. Tal vez estuviera sobre todo en la forma en que ella se le acercó, como si ya que se ocupaba de tratar con los visitantes más comunes, él pudiera, si prefería, restar importancia al asunto, tomar su delicada atención como parte de sus obligaciones. Sin embargo, tan pronto como oyó su voz el hueco se rellenó y recuperó el eslabón perdido. La ligera ironía que adivinó en su actitud cedió terreno y él casi se abalanzó tratando de adelantarse a sus palabras.
—La conocí en Roma hace muchísimos años. Lo recuerdo todo a la perfección.