El Banco de la desolación
El Banco de la desolación Ella le confesó que se sentía decepcionada, pues había tenido la certeza de que no la recordaría. Y para demostrarle lo bien que se acordaba, él empezó a desgranar evocaciones precisas, que surgían a medida que las necesitaba. El rostro y la voz de la mujer, ahora por completo a su disposición, obraron el milagro: el efecto actuó como la antorcha de un farolero que enciende, uno tras otro, una larga fila de quemadores. Marcher se complacía contemplando el brillo de esa iluminación, pero lo cierto es que aún le complacía más ver cómo ella sostenía, divertida, que, en su prisa por detallar todos sus recuerdos, él había confundido la mayor parte. No había sido en Roma, sino en Nápoles, y no habían pasado siete años, sino más bien casi diez. Ella no estaba con su tío y su tía, sino con su madre y su hermano; además, él no había bajado de Roma en compañía de los Pemble, sino de los Boyer, detalle en el que insistió, confundiéndole un poco, y que podía probar fácilmente, pues ella había conocido a los Boyer, pero no conocía a los Pemble sino por referencias y fue la gente con la que él estaba quien los había presentado. El incidente de la tormenta que, rugiendo con gran violencia a su alrededor, les obligó a refugiarse en una excavación, no tuvo lugar en el palacio de los Césares, sino en Pompeya, en cierta ocasión en que se encontraban allí con motivo de un importante hallazgo.