El Banco de la desolación
El Banco de la desolación Él aceptó sus correcciones, disfrutó con ellas, aunque ponÃan de manifiesto, tal como ella señaló, que, en realidad, no la recordaba lo más mÃnimo; y él solo lamentó el inconveniente de que, una vez aclarados los hechos, no parecÃa que quedara nada más de que hablar. Pasearon juntos en silencio, ella desatendiendo sus tareas (porque, como pensó Marcher, muy perspicaz, ella no tenÃa una razón de peso para acompañarle) y ambos olvidándose de la casa, a la espera de la revelación de uno o dos recuerdos más. Después de todo, no les habÃa llevado tanto tiempo poner sobre la mesa las cartas que, como en una baraja, les correspondÃan jugar a cada uno. Sin embargo, la baraja estaba incompleta, de modo que el pasado, una vez invocado, invitado, estimulado, no podÃa darles nada más. Les habÃa llevado a conocerse, ella con veinte años y él con veinticinco, pero lo más extraño, parecÃan decirse, era que, después de ocuparse de aquello, no hubiera hecho algo más en su favor. Se miraban como si sintiesen la ocasión perdida, pues la que ahora tenÃan habrÃa sido mucho mejor si aquella otra, ya lejana, en tierra extraña, no hubiera resultado tan estúpidamente escasa. Al parecer, no habÃan compartido más de una docena de minucias: trivialidades juveniles, tonterÃas fruto de la ingenuidad, estupideces de la inexperiencia, pequeños gérmenes de posibilidades, pero enterrados demasiado profundo, demasiado (¿acaso no lo parecÃa?) para aflorar después de tantos años. Marcher se decÃa que deberÃa haberle prestado algún servicio: haberla salvado de un bote a punto de zozobrar en la bahÃa, o al menos haber recuperado el bolso, que un lazzarone, armado de un stiletto, le hubiera robado del taxi en las calles de Nápoles. HabrÃa sido estupendo que a él le hubieran llevado al hotel con fiebre y, estando allÃ, solo, ella hubiera ido a cuidarle, a escribirle las cartas para la familia y sacarle a pasear durante la convalecencia. De haber sido asÃ, tendrÃan alguna que otra cosa en común que en la presente ocasión se echaba en falta. No obstante, la oportunidad se presentaba, en cierto modo, como algo demasiado bueno para que se malograra, asà que durante unos minutos más se vieron reducidos a preguntarse un poco en vano por qué, si parecÃan tener algunos conocidos comunes, habÃan tardado tanto en volver a encontrarse. No lo dijeron a viva voz, pero su progresiva demora en unirse a los demás era un modo de confesar que no deseaban que el encuentro fracasara. Las supuestas razones que daban para no haberse encontrado solo demostraban lo poco que se conocÃan. De hecho, llegó un momento en que Marcher sintió una auténtica punzada de angustia. Era inútil pretender que ella era una vieja amiga faltándoles tantas vivencias en común, sin embargo, se dio cuenta de que le habrÃa gustado que lo fuese. TenÃa bastantes amigos nuevos; en la otra casa, por ejemplo, estaba rodeado de ellos, aunque de haberse tratado de una amistad reciente quizá no le habrÃa prestado una atención especial. Le habrÃa encantado inventarse algo, hacerle creer que, en un principio, hubo entre ellos algún episodio romántico o dramático. Lo cierto es que exprimÃa su imaginación luchando contra el tiempo para encontrar algo que sirviera, y se decÃa que, si no se le ocurrÃa nada, este bosquejo de un nuevo comienzo quedarÃa torpemente arruinado. Se separarÃan y ya no habrÃa segunda ni tercera oportunidad. Lo habrÃan intentado sin éxito. Fue entonces, en aquel preciso momento (como después se dio cuenta), cuando, agotados todos los recursos, ella decidió hacerse cargo del caso, por asà decirlo, y salvar la situación. Tan pronto como empezó a hablar, él notó que habÃa estado ocultando adrede lo que ahora decÃa, con la esperanza de poder soslayarlo, una delicadeza que le conmovió enormemente cuando, minutos más tarde, fue capaz de valorarlo. En todo caso, lo que dijo relajó el ambiente y les proporcionó el eslabón, ese eslabón que, sin saber cómo, él habÃa perdido de un modo tan frÃvolo.