El Banco de la desolación
El Banco de la desolación —Usted sabe que me dijo algo que no he olvidado jamás y que desde entonces me ha hecho pensar en usted repetidas veces. Fue aquel dÃa tan caluroso en que fuimos a Sorrento atravesando la bahÃa en busca de algo de brisa. Me refiero a lo que me dijo cuando regresábamos, mientras, sentados bajo el toldo del bote, disfrutábamos del aire fresco. ¿Lo ha olvidado?
Lo habÃa olvidado y estaba incluso más sorprendido que avergonzado. Pero lo en verdad importante fue advertir que no se trataba del recuerdo vulgar de una conversación «amorosa». La vanidad femenina tiene una dilatada memoria, pero ella no le reclamaba un cumplido ni denunciaba un error cometido. De una mujer del todo distinta podrÃa haber temido incluso la posible evocación de alguna «proposición» tonta. Por eso, al tener que admitir que realmente lo habÃa olvidado, tuvo mayor sensación de pérdida que de ganancia, y entonces percibió el interés del asunto al que ella se referÃa.
—Intento pensar, pero me rindo. Sin embargo, recuerdo el dÃa en Sorrento.
—No estoy muy segura de que se acuerde —dijo May Bartram un momento después—, y tampoco estoy muy segura de desear que lo haga. Es espantoso devolver a una persona, en un momento dado, a lo que fue diez años atrás. Si usted lo ha superado, muchÃsimo mejor. —Y sonrió.