El Banco de la desolación

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—Oh, pero si no lo ha superado usted, ¿cómo iba a hacerlo yo? —preguntó él.

—¿Superar lo que yo misma era, quiere usted decir?

—No, superar lo que yo fui. Desde luego, fui un asno —continuó Marcher—, pero, ya que usted tiene su propia opinión, preferiría saber con exactitud qué clase de asno fui en lugar de quedarme sin saber nada.

Sin embargo, ella dudaba aún.

—Pero ¿y si usted ya no es así?

—Entonces, podré soportarlo mucho mejor. Además, tal vez no he dejado de serlo.

—Tal vez, aunque si así fuera —añadió ella—, supongo que lo recordaría. Por supuesto, no es que yo asocie ni por asomo mi impresión de entonces con el término ofensivo que usted ha utilizado. Si me hubiera parecido usted un necio —explicó—, el asunto al que me refiero no me habría causado tan honda impresión. Fue algo sobre usted mismo.

Esperó, como si él fuera a recordar, pero como Marcher se limitaba a mirarla con ojos interrogantes sin dar señal alguna, ella decidió quemar las naves.

—¿Ha sucedido ya?

Fue entonces cuando, mientras mantenía la mirada fija en ella, se hizo la luz y la sangre le afluyó con lentitud al rostro, que enrojeció al recordar de qué se trataba.


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