El Banco de la desolación

El Banco de la desolación

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—No tengo la impresión de que, cuando llegue, sea por fuerza violento. Pienso en ello como algo natural y, sobre todo, inconfundible; pienso en ello solo como «la cosa». «La cosa» en sí aparecerá como algo natural.

—Entonces, ¿cómo va a resultar extraordinario?

Marcher reflexionó.

—Para mí, no lo será.

—Así pues, ¿para quién?

—Bueno —contestó sonriendo por fin—, digamos que para usted.

—Ah, ¿tengo que estar presente, pues?

—Usted ya está presente dado que lo sabe.

—Ya veo. —Reflexionó un instante—. Pero me refiero durante la catástrofe.

Por un momento, al llegar a este punto, la ligereza dio paso a la gravedad; fue como si la prolongada mirada que intercambiaron les mantuviera unidos.

—Solo dependerá de usted, de si quiere velar conmigo.

—¿Tiene miedo? —preguntó ella.

—No me abandone ahora —continuó él.

—¿Tiene miedo? —repitió.

—¿Cree usted que nada más estoy loco? —insistió, en lugar de contestar—. ¿Le conmuevo tan solo porque me considera un lunático inofensivo?


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