El Banco de la desolación
El Banco de la desolación —¿Lo dice usted porque ha estado enamorado? —Y entonces, como él no hizo sino mirarla en silencio, continuó—: ¿Ha estado enamorado y no ha significado tal cataclismo para usted?, ¿no ha resultado ser el gran acontecimiento?
—Ya ve que sigo aquÃ. No ha sido apabullante.
—Entonces no ha sido amor —dijo May Bartram.
—Bueno, al menos, pensé que lo era. Asà lo consideré y lo he seguido considerando hasta ahora. Fue agradable, delicioso, triste —aclaró—. Pero no fue extraordinario. No fue lo que mi gran acontecimiento ha de ser.
—¿Desea usted algo del todo suyo, algo que nadie más conozca o haya conocido?
—No se trata de lo que yo «desee», bien sabe Dios que no deseo nada. Se trata tan solo del temor que me atormenta, con el que convivo cada dÃa.
Lo dijo de forma tan lúcida y contundente que él mismo vio cómo aquella afirmación se imponÃa por sà misma. Si ella ya no hubiera estado interesada con anterioridad en ese asunto, se habrÃa interesado entonces.
—¿Es una sensación de violencia inminente?
Era obvio que también ahora le gustaba hablar de aquello.