El Banco de la desolación
El Banco de la desolación —Bueno, digamos más bien algo que debo esperar, algo con lo que debo encontrarme, afrontar y ver cómo de repente irrumpe en mi vida, con seguridad destruyendo toda conciencia ulterior para luego aniquilarme. Por otro lado, puede que actúe tan solo de forma que lo transforme todo, atacando por completo los cimientos de mi mundo y abandonándome a las consecuencias que puedan desencadenarse.
Le escuchaba, y él vio que en el brillo de su mirada continuaba sin ser de burla.
—¿No estará quizá describiendo tan solo la expectativa o, en todo caso, la sensación de peligro, común a tanta gente, que supone enamorarse?
—¿No me preguntó eso en el pasado? —dijo John Marcher.
—No, entonces no era tan franca ni tan directa. Pero es lo que ahora se me ocurre.
—Es normal que piense en esa posibilidad —dijo él tras unos instantes—. Claro, yo también me la he planteado. Puede ser que lo que me esté reservado sea tan solo eso. Lo único que creo es que de haber sido así —continuó—, a estas alturas, ya me habría enterado.