El Banco de la desolación
El Banco de la desolación —¿Y a eso le llama usted muy simple? —preguntó John Marcher.
Ella reflexionó un momento.
—Tal vez fuera porque, a medida que usted hablaba, me parecía entenderlo.
—¿Lo entendía de verdad? —preguntó con vehemencia.
Volvió a fijar en él su comprensiva mirada.
—¿Sigue teniendo la misma convicción?
—¡Oh! —exclamó con debilidad. Había demasiado que decir.
—Sea lo que fuere, no ha sucedido todavía —concluyó ella claramente.
Él sacudió la cabeza con absoluto abandono.
—No, aún no ha sucedido. Solo que, como usted ya sabe, no se trata de algo que yo tenga que hacer, no es un logro que deba alcanzar, algo por lo que se me distinga o admire. No soy tan imbécil para creer eso. Aunque, sin duda, más me valdría serlo.
—¿Se trata de algo que vaya a padecer?